¿Cuántas veces has pensado “no hice nada y aun así estoy agotada”? Esa sensación de cansancio profundo, que no se quita con dormir una noche completa, es más común de lo que creemos.
La maternidad y la crianza nos exigen energía física, emocional, mental, sensorial, social, creativa y espiritual. Siete formas distintas de energía que usamos todos los días… muchas veces sin recargarlas.
Y sin embargo, la sociedad nos ha enseñado que “si te cansas es porque no te gusta lo que haces” o que “descansar es un lujo que hay que ganarse”. Aqui sabemos que eso no es cierto.
No es flojera, es agotamiento
Criar es intenso y desgastante. Despertar varias veces en la noche, acompañar desregulaciones, trabajar, organizar, cuidar, sostener emocionalmente a toda la familia, recordar cada detalle de la agenda y aun así sonreír… todo eso gasta energía.
No es raro que terminemos el día sintiéndonos vacías, irritables o desconectadas. Y no, no es porque “no sepamos organizarnos”. Es porque estamos atravesadas por una cultura que nos exige producir, cuidar y rendir sin parar.
Descansar no debería ser una recompensa: es un derecho.
Tipos de cansancio que viven las mamás
En Tribu lo hemos escuchado una y otra vez: hay muchos modos de estar cansadas. Y reconocerlos es el primer paso para empezar a cuidarnos.
- Físico: cuando el cuerpo simplemente ya no puede más.
- Mental: cuando la mente no deja de pensar, planear, resolver.
- Emocional: cuando sentir, llorar o enojarnos está a flor de piel.
- Sensorial: cuando los ruidos, las luces o el “mamá, mamá” nos saturan.
- Social: cuando queremos desconectarnos de todo y de todos.
- Creativo: cuando sentimos que ya no tenemos ideas, paciencia ni recursos.
- Espiritual: cuando nos desconectamos de lo que nos da sentido.
A veces descansamos el cuerpo, pero seguimos agotadas porque no estamos atendiendo los otros tipos de energía.
Lo que heredamos (y lo que queremos cambiar)
Muchas crecimos escuchando frases como:
“Descansarás cuando te mueras.”
“El cansancio es el precio de una vida interesante.”
“El trabajo duro es la clave del éxito.”
Y sin darnos cuenta, aprendimos a romantizar el agotamiento, como si estar cansadas fuera una medalla. Pero esa lógica nos desconecta del cuerpo, de la alegría y de lo esencial: estar bien.
La buena noticia es que podemos criar distinto. Podemos enseñar a nuestras hijas e hijos que descansar no es rendirse, sino escucharse. Que detenerse también es avanzar. Y no solo podemos hacerlo para ellas y ellos, también para nosotras.
Formas reales de descansar
El descanso no siempre es dormir. A veces se trata de cerrar los ciclos de estrés que dejamos abiertos cada día: la mente que no para, el cuerpo que no se relaja, el alma que no encuentra silencio.
Estas son algunas ideas que puedes adaptar para tu vida de mamá:
- Tensar y relajar el cuerpo conscientemente unos minutos al día.
- Escribir pensamientos o pendientes antes de dormir para vaciar la mente.
- Dibujar, cantar, caminar o hacer algo que te conecte con tu parte creativa.
- Rodearte de personas que te suman energía, no que te la quitan.
- Desconectarte del celular (aunque sea por unas horas).
- Agradecer lo pequeño: una cama, una charla, una comida.
- Recordar que no necesitas ganarte el derecho a descansar.
El descanso como acto de resistencia
Descansar siendo mamá no es egoísta: es un acto político, amoroso y necesario. Es desafiar la idea de que valemos solo por lo que producimos o por lo que damos. Es decir “yo también importo”.
Así como enseñamos a nuestras hijas e hijos a dormir cuando tienen sueño, también necesitamos aprender a hacerlo nosotras. Porque solo una mamá que se permite parar, sentir y cuidarse puede acompañar desde la calma y no desde la exigencia.
En Tribu creemos que descansar también es criar.
No somos máquinas. No tenemos que estar al 100 % para ser buenas mamás.
Podemos aprender a escucharnos, a priorizarnos y a recuperar energía.
Criar cansa. Pero cuando lo hacemos en tribu, también se vuelve más ligero.